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miércoles, 13 de octubre de 2010

Oculto #4

Cuando llegué donde estaba él me di cuenta de la gravedad de la situación; estaba tirado en el suelo, con una enorme motocicleta aplastándole la pierna. Debía llevar algunas horas así, y el muy demente solo sonreía.
-¿Qué miras, no vas a ayudarme? - dijo el tipo, de unos treintaipico - Ah, perdón, debió ser eso... Soy un maleducado, me llamo John White, pero puedes llamarme como quieras.
-Joe Black. - hice una respuesta corta y rápida, lo primero que se me ocurrió decir, y me pregunté si ambos delirábamos.
-Oh, bien elegido, por Dios. Me gusta.
Y simplemente volvió a sonreír.

Este día estaba rozando ya lo bizarro: primero, el ''casi fin del mundo'', al que milagrosamente sobrevivo, después un negro con traje me pide ayuda, veo que tiene la pierna aplastada, y se limita a decirme que lo llame como quiera.

No dijo nada más, por lo que tomé la iniciativa e intenté con todas mis fuerzas levantar el pesado vehículo que estaba sobre él, en vano, por supuesto.
-Oh, ¿qué haces? No la levantarás ni con mi ayuda.
-¿Y qué se supone que quieres que haga? Yo no me voy a quedar aquí a ver morir a nadie más, o te ayudo a salir o me largo. - podía sonar borde, pero su sonrisa me estaba sacando de quicio.
-Oh, niña, aquí no va a morirse nadie, esa pierna ya murió hace quince años, ahí solo hay titanio.
-¿Titanio, eh? - sonreí mientras volvía al lado del extraño personaje para sentarme a su lado.
-Me ha venido bien que seas tan poca cosa, solo tienes que meter la mano por el hueco entre la moto y mi pierna y apretar el botón y girar con suavidad el cabezal. Yo no puedo con estas manazas - realmente eran bastante más grandes de lo normal - ¿Entiendes? Corta el pantalón si lo necesitas.

Saqué de uno de los bolsillos de la mochila una pequeña navaja que cogí de la tienda de los acianos y completé con éxito y sin dificultad mi pequeña misión.
Joe se puso en pie, y por fin pude examinarlo con detenimiento. Era alto y grande, con un color muy bonito de piel. Tenía los ojos grandes y la mirada profunda. Llevaba una espesa perilla, pero iba limpiamente afeitado y pulcramente peinado. Vestía un impoluto traje negro, ahora con tan solo media pierna derecha, debajo de la chaqueta llevaba camisa blanca y una corbata de aspecto carísimo. Saltaba a la vista que Joe no se moría de hambre precisamente.
Su enorme y perfecta sonrisa blanca seguía ahí.
-Muchísimas gracias chica, ya han pasado dos pequeños grupos y me han dejado aquí. Parece que eres mi ángel guardián, ¿eh?
Apartó la vista de mí y abrió el maletero del coche junto al que estábamos y sacó un maletín negro, lo colocó sobre el maletero y sacó una nueva pierna sustituta.
- ¿Una de repuesto? Es tu día de suerte. - me atreví a decir.
- Oh, no, suerte no, soy precavido. - y volvió a sonreír. - Por cierto, - comenzó mientras se colocaba la nueva pierna - ahora estás siendo tú la maleducada. ¿Cuál es tu nombre?
- Llámame como quieras. ¿Te parece?
Hizo un rápido gesto que reflejaba que había hecho diana con esa respuesta.
-Dido Brown.
Y ese fue el nombre que mister Black eligió para mí, sonaba dinámico, me gustó a la primera.

viernes, 17 de septiembre de 2010

Oculto #3

De camino a la ciudad, comencé a pensar en si sería o no la única superviviente, idea que descarté al instante, porque de haber sido de otra forma, ¿por qué yo? No hice nada especial para sobrevivir. Tal vez la gente había huído mientras yo estaba inconsciente, o simplemente tuve un golpe de suerte.
Estaba cansada, no quería ir a buscar ropa, había sido un día duro y solo quería tumbarme en el sofá, o en la cama, o donde fuera.
De pronto, me ví en una de las carreteras de entrada y salida a la ciudad, estaba saturada de coches vacíos, destrozados muchos de ellos, cuerpos mutilados por el suelo, y la carretera que antes se antojaba firme y una, ahora era una superficie resquebrajada, levantada por algunas partes, un espectáculo digno de ver.
Pude haberme sentido aterrada, horrorizada por la masacre sucedida hacia nosotros, los hombres, esa despiadada especie que destruye todo cuanto se apodera, y hacía siglos que creíamos habernos apoderado de la tierra que pisábamos. Por eso no sentí ni un ápice de lástima hacia nosotros, lo teníamos merecido a pulso, habíamos convertido el planeta entero en un estercolero.
-¡Cuánto daño! - suspiré antes de cerrar la puerta de un coche de una patada - ¡Cuánto daño hemos causado, y cuántos años de padecimiento nos quedarán por pasar!
Un ruido me devolvió a la realidad. ¡Era un cláxon! Había alguien ahí conmigo, en la carretera, reclamando mi atención. Había sonado en la otra punta, en dirección a la entrada de la ciudad.
Pronto me subí de un salto al capó de un coche, y de éste al techo. Intenté agudizar la vista, buscando a alguien, pero estaba aturdida y no vi a nadie. El cláxon volvió a sonar, dándome pistas para encontrar a quién me llamaba.
Corrí de coche en coche hasta que mi vista logró reconocer a un tipo negro corpulento, tirado en el suelo, con un brazo lo suficientemente largo como para llegar al volante del coche contiguo y rebentar el cláxon a puñetazos.
-¡Eh, tú! - gritó con acento claramente africano - ¡Tú! ¡Tú estabas haciendo ruido! ¡Te he oído! ¡Vamos, ayúdame a salir de aquí!
Enseguida despertó mi aturdida cabeza y me acerqué corriendo, dando saltos de coche en coche, tan rápido como me lo permitieron los pies. Me sorprendió mi actitud, nunca había sentido tanta necesidad de ayudar a alguien.

martes, 7 de septiembre de 2010

Oculto #2



Encontré una pequeña tiendecita en las afueras de la ciudad, junto al río. El techo se había desplomado y habían muerto los dos ancianos que regentaban el establecimiento. Después de echar un vistazo en el pequeño establecimiento, sin encontrar rastro alguno de vida, miré con pena los cuerpos, que seguían juntos, abrazados, y me conmovió el imaginar la maravillosa vida de aquellos pobres ancianos. En aquella situación, cualquier historia de amor tenía más fuerza que todo el miedo que yo pudiese tener, cualquier historia de amor, incluso las que acaban así de trágicamente, habría sido mejor que vivir este día, y aguantar para contarlo.
Estaba triste, todavía aturdida, sin llegar a creer la mayoría de cosas que mis ojos habían presenciado esa fatídica mañana.
Tenía tiempo, todo el del mundo; saqué los cuerpos de entre los escombros y las latas de conserva, coloqué a los ancianos sobre las viejas puertas de madera de su local y los empujé al río. Me quedé observándolos, marchándose corriente abajo, hasta que los perdí y volví para buscar la que sería mi cena.
Tuve que detenerme a escuchar el murmullo del viento. Tenía el pelo rebozado en tierra, las botas desatadas, me sentía más flaca que nunca. Me dí asco, en ese momento mi aspecto hacía honor a mi interior, deformado y podrido. Suspiré con fuerza, como si suspirando fuese a borrarse todo mi pasado y me convirtiese en una persona nueva.
Después de mi momento filosófico rebusqué en la tienda y encontré
gran variedad de comida enlatada, incluso un par de cartones de tabaco, igual algunos pitillos quedarían vivos. Allí ya no había nada más que ver, aún no se había hecho de noche, así que tenía tiempo de encontrar algo que ponerme. Metí lo que pude en mi mochila, que estaba casi tan destrozada como yo, me la cargué al hombro y seguí mi camino.


miércoles, 1 de septiembre de 2010

Oculto #1


[1]

Todo se desmoronaba;los edificios se venían abajo, la tierra se abría, como si el planeta estuviera hambriento y quisiera tragarnos a todos. Intenté esquivar los escombros que caían del cielo, no había ningún lugar en el que poder esconderme. La gente corría, gritaba, empujaba desesperada por cruzar la ciudad. ¿Estarían más seguros en otra parte? Yo estaba convencida de que moriríamos allí, hombres, mujeres, ancianos y niños; pues los puentes también estarían derrumbándose, como todo lo que mi vista lograba alcanzar.
No tenía esperanza de encontrar a nadie conocido en aquel descontrol, no sabía hacia dónde correr, estaba aterrada, pero ya nada tenía importancia. ¿Qué importancia iba a tener, si todas las naves de la ciudad ya habrían salido?
Me detuve en seco en mitad de la multitud, y de repente todo se hizo negro en mi vista.

Para mi sorpresa, me desperté en mitad de la calle, dolorida y aturdida. ''Algún pedrusco golpearía mi cabeza y me habrá hecho perder la consciencia'', pensé. Parecía que todo caos había acabado, ya no se oía ese rugido que zumbaba en los oídos de todos, la tierra ya no seresquebrajaba, y, al contrario que antes, imperaba un silencio absoluto.
Tenía magulladuras allá donde mirase, pero la brecha de la cabeza había dejado de sangrar. Me sentía como un perro vagabundo, golpeado y pelado, sin un lugar donde quedarse, sin una familia a la que querer.
Estuve deambulando por las calles en ruinas durante horas, sin encontrar ningún espectro como yo. Esperaba haber podido encontrar simplemente a alguien con quien poder hablar, el silencio me estaba matando.
Pronto empezaría a oscurecer y, por tanto, a refrescar. No había cogido mi chaqueta, ¿para qué iba a hacerlo, si parecía que el mundo se iba a acabar?
Así pues, decidí buscar algo de ropa y comida, esa noche la tendría que pasar entre escombros.